siseñor_492

Escena única

Se abre el telón. Sentada, frente a una mesa, se encuentra una mujer que dirige su monólogo al público. Tras ella se distingue la figura de una persona que no tendrá participación como personaje. La luz del escenario es tenue y solo alumbra a la mujer.

Sí señor, yo los maté, pero ¿qué podía hacer?, era lo único que quedaba. Y es que… usted no sabe lo que se siente ver como los hijos mueren de hambre. ¡No, no me mire así! (enojada) ¡Ya le dije que no estoy loca! (gritando) También ya le dije que fue lo mejor para ellos. Y para mí (en voz baja).

(Comienza a tararear una canción de cuna)

¿Qué por qué canto? Porque se han ido y nunca más volverán, porque es la única forma que conozco para acompañarlos a donde van. Porque así se me olvida que ya no están aquí, porque necesito acostumbrarme a ya no oír su risita ni su llanto. Porque debe callarse la voz que llevo dentro, la que me dice que estuvo mal lo que hice, para que todos me entiendan por qué lo hice.

¿Qué si no me da miedo la cárcel? No, señor; más miedo me da el infierno. El miedo es tener hambre y no tener con qué saciarme. Miedo es escuchar la voz de la conciencia. Miedo es oír al gallo que canta en la madrugada, porque… ¿lo oyó verdad? ¡Me grita! (grita) “¡Maldita!” “¡Maldita!” (grita) ¿Ya lo escuchó?

¿Que cómo lo hice? ¿Está seguro que quiere oír? (pregunta mientras ríe) Su cara no dice lo mismo que sus palabras, pero, si usted quiere escuchar, le platicaré detalle a detalle. Verá que cuando vayamos por la mitad me irá entendiendo y, para cuando lleguemos al final, me habrá dado la razón por completo y hasta me habrá perdonado.

Llevábamos días sin comer, nuestra boca estaba seca y, aunque nadie se quejaba, podía escuchar nuestras entrañas estremecerse, ¿pero qué podía yo hacer?, no tenía dinero, no tenía nada; pero, eso sí, tenía un hambre que si me hubieran dado una vaca en ese momento me la hubiera tragado completa. Pero eso era lo de menos, ¿qué les iba a dar a mis hijos? Eran cuatro, todos con poquitos años; no recuerdo cuántos. Tenía que darles de comer y no había nada. Las horas pasaban, el hambre y la ansiedad crecían más y más. Por un momento le gané la batalla al hambre; pero… solo fue por un rato, cuando ellos se quedaron dormidos en la noche. A pesar de eso no pude dormir; me la pase dando vueltas de un lado a otro sobre la cama; me pasé la noche entera pensado qué iba a hacer y, cuando estaba al filo de la desesperación, se me ocurrió algo…, quise alejar ese pensamiento de mí; por un momento se fue, pero no por mucho tiempo. Al día siguiente ya sabía qué hacer.

Recuerdo que mi hijo mayor dijo: “Mamá tengo hambre…” El corazón se me hizo chiquito; un nudo, que comenzó en la garganta y recorrió mi cuerpo hasta mi estómago, me hizo hacer lo que hice. Sabía lo que tenía que hacer y cómo hacerlo; no sabía si era bueno o malo. Ahora sé que fue bueno. Tal vez por eso lo hice.

Les dije a mis hijos que no tardaría y que traería comida. Caminé sin rumbo fijo. Después de caminar y caminar no encontraba nada, las inundaciones habían acabado con todo. No había nada. Me senté y comencé a llorar en voz muy baja y luego a gritos; finalmente me reí de mí; del gran fracaso que lleva mi nombre en mayúsculas. No sé qué sentimiento me dio. El viento acarició mi cara y me hizo voltear; de pronto fijé la mirada y ahí estaba la solución a mis problemas: una yerba que yo bien sabía para qué servía; arranqué la necesaria y me fui tan contenta que hasta iba cantando. Cuando llegué a la casa comenzó a llover, puse una cacerola bajo la lluvia, junté agua, la puse al fuego y, cuando empezó a hervir, le eché la yerba. Llamé a mis hijos y comenzaron a beber aquella agüita. Mientras la tomaban, le di a cada uno un beso en la frente; me puse a tender las camas. Cuando volví los encontré bien dormidos; los acosté, los abracé y les recé toda la tarde y la noche. Y sí, así fue como lo hice (levanta la cabeza).

Por la mañana yo tomaría el agua y caería en un sueño profundo y silencioso, pero llegó doña Gabriela; sí, quería impedir o predicar las desgracias del infierno que me perseguirían hasta la eternidad. Era tarde. Ya lo había hecho ¿qué más daba? La invité a tomar café. Mientras yo iba por agua, ella se acercó a la estufa y me miró con cara de horror; me preguntó por mis niños; le conté lo que había pasado y comenzó a gritar y a llorar. No entendí por qué. Le debió haber dado gusto, hice lo correcto, ¿no? Entonces me trajo aquí con usted. Ya me quiero ir a mi casa. ¿Se imagina cómo se sentirán mis niños si despiertan y no me ven? ¿O si se dan cuenta que no me dormí con ellos?

¿Muertos? No, señor, solo están dormidos ¿No los ve? ¡Están dormidos! (grita frenéticamente). Dormidos… Sí, solo duermen (en voz baja).